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Marta Rayón da vida a un piso espectacular de Madrid con 300 m2 llenos de luz, arcos y bóvedas
La obra del pintor metafísico Giorgio de Chirico fue la inspiración para los salones de esta casa de Madrid que ha diseñado Marta Rayón reimaginando su pasado.
En el comedor de la casa en la que ha trabajado la arquitecta Marta Rayón, cuadro de Adrián Sánchez Pacheco en Gärna Art Gallery; lámpara de pie Luminator, diseñada por Chiesa para Fontana Arte, en L.A Studio y escultura de perrito amarillo de Lola Terrón en Lacaracolica. Alrededor de la mesa, sillas de comedor Space Age de los años sesenta de Lenda Nejra y, sobre ella, jarrones de Judith San Quintín.
La arquitecta Marta Rayón transforma una vivienda en Madrid de 300 m2 en una especie de ‘palacete’ clásico con aires contemporáneos
Hablando en plata, el 90 % de los clientes que se acercan a la arquitecta Marta Rayón para comenzar un proyecto lo hacen con una colección de capturas de Instagram y Pinterest como referencia y un taco de revistas con esquinas dobladas como inspiración. Por eso, aquella mañana prepandémica, cuando el dueño de esta casa señorial del barrio de Chamberí, un joven financiero apasionado del arte, el diseño y la fotografía –llamémosle X–, apareció en su primera cita con un dibujo bajo del brazo, Marta tuvo la certeza de que ahora sí, "iba a hacer algo distinto”.
El despacho, con una librería nórdica original, la escultura Artefacto Pictórico de Albert Pinya, en Gärna Art Gallery, y la alfombra de GAN Rugs, diseño de Patricia Urquiola.
Una casa inspirada en Giorgio de Chirico
Sin más rodeos le confesó: “Quiero vivir en este cuadro”, mientras acariciaba la lámina con uno de los paisajes de ruinas clásicas y arcos de medio punto firmado por el padre de la pintura metafísica, Giorgio de Chirico (1888-1978), que ilustró los Calligrammes de Guillaume Apollinaire. En ese mismo momento, un universo de fuegos artificiales estalló ante los ojos de Marta Rayón, y su cabeza –según explica todavía entusiasmada–, “empezó a volar”.
Retrato de la arquitecta Marta Rayón junto a la mesa escultórica de Elena Alonso, en la galería Espacio Valverde.
Los arcos separan el salón principal del comedor. Alrededor de la mesa, sillas comedor Space Age originales de Lenda Nejra, y sobre ella, jarrones de Judith San Quintín.
Un efecto teatral
Antes de convertirse en el laboratorio de las fantasías creativas de la arquitecta madrileña, el piso había pasado por todas las metamorfosis posibles: vivienda, oficina, clínica, academia..., y estaba totalmente compartimentado en sus casi 300 m2, lo que, por un lado suponía un gran reto y, por otro, prometía una fascinante aventura. ”Podríamos haber intentado recuperar todas las molduras del edificio, de 1920, pero no quedaba nada original, así que teníamos un lienzo en blanco, y decidimos reimaginar cómo fue… e inventarnos un pasado”, explica Rayón. Para evitar la forma de tubo, Rayón distribuyó la casa en una parte de día –”donde escuchar música, dar cenas, leer…”–, y otra de noche, articuladas a partir de un hall en forma de cubo. “Intentamos quitar los pasillos y, sobre todo, que los pocos que quedaran fueran sitios distintos, por los que no te apeteciera pasar deprisa”, explica. Por eso se hicieron unos pasadizos con forma de bóveda, que consiguieron un efecto teatral gracias al uso del color y la iluminación. “Jugamos a borrar los límites buscando un entorno onírico, que la pared y el techo fueran uno, añadiendo un efecto pátina en los muros y techumbres para que diera la sensación que todo estaba ya, y que poco a poco se fue conquistando”, añade.
Preside el salón el sofá de Piero Lissoni para Living Divani, en Naharro, con cojín Cavalier de rayas azules de Pepe Peñalver. La escultura flotante del techo es de Lukas Ulmi.
El salón de noche; y, al fondo, el pasillo con las bóvedas.
Siguiendo las referencias de X y con inspiración de la estética de Chirico, se trabajó para reconstruir los espacios, depurándolos a la manera más clásica, con arcos y cubos y tonalidades en bloque, y las pocas piezas que se habían conservado, como los radiadores en hierro visto, se descontextualizaron tratados como esculturas. Marta se involucró también en el interiorismo para redondear el proyecto con soluciones a la medida: un dormitorio principal con un enorme vestidor a la vista y una bañera exenta hecha in situ, una cocina masculina, elegante y literaria, piezas de arte desacomplejadas y alguna que otra sorpresa, como el pequeño tríptico que cuelga en la pared con el que el propietario de la vivienda se topó por casualidad en una feria y compró porque simbolizaba "sus arcos". Pocas piezas y escogidas con calma, como el sofá en forma de isla y que es el protagonista indiscutible del salón (que tenía su lugar desde el primer día), o la preciosa librería nórdica del despacho, traída desde Copenhague. Una casa sin prisas que seguramente convertirá estas páginas en una de esas esquinas dobladas, con las que aparezcan en su próxima visita.
En el recibidor, la escultura Llave negra de Gärna Art Gallery, de Las Ánimas, y silla Italia de los años ochenta de L.A Studio.
En el aseo de cortesía, cuadro de Albert Pinya de Gärna Art Gallery y papel pintado de Coordonné, con arcos y formas geométricas.
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