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En casa de Amelia Millán: “El concepto abierto es el que mejor encaja con el momento vital en el que estamos y la edad que tenemos”
Estancias diáfanas y sin jerarquías: la interiorista Amelia Millán ha diseñado su nuevo hogar adaptable al ritmo que crezca su familia.
La interiorista, con camisa de Calvin Klein, pantalón de Otrura y mules de Bottega Veneta, junto a un cuadro del pintor Antonio Murado. Detrás, en la biblioteca, silla Wiggle, firmada por Frank Gehry, y sofá de cuero, obra de Amelia.
Amelia Millán nos abre las puertas de su nueva casa en Madrid
Nadie podría adivinar que el portal de la nueva casa de la arquitecta e interiorista Amelia Millán y su marido, el empresario Felipe Cortina, ubicado en una de las arterias más transitadas de la capital, es la antesala de un oasis de luz y paz. Recién reformado, este piso nos propone un trueque demasiado apetecible: el de intercambiar las bocinas de la siempre vertiginosa Castellana por el sutil canto de los pájaros. Un canje posible gracias a los jardines traseros que definen los chalés del madrileño barrio de El Viso, que caen justo debajo de las ventanas de la pareja.
“Antes, las zonas comunes daban a la fachada norte”, nos cuenta Amelia, en relación a la distribución original de la vivienda. “Sin embargo, nosotros decidimos aprovechar la tranquilidad de este otro lado, que recibe toda la luz de la mañana y hace que el verde de las vistas se cuele dentro”.
En el salón nos reciben dos butacas italianas de los años 50 (adquiridas en la galería Tiempos Modernos) y una mesa de centro de Angelo Mangiarotti, editada por Agapesca. Sobre ella, plato de Balakata y cenicero de JSQ. En las paredes, dos obras de Carlos León y, junto a ellas, lámpara de Federico Correa y Alfonso Milà.
Demoler para crear
Como era de esperar en el hogar de la creativa –aquí no se puede aplicar eso de ‘en casa de herrero, cuchillo de palo’–, este no fue el único cambio que llevaron a cabo. Cuando la construcción, de 290 m2, cayó en manos de Amelia, estaba compartimentada de manera compleja y tenía una escalera que comunicaba la planta baja con un piso superior.
“Decidimos demolerlo todo y separar los dos niveles para instalarnos solo en el de abajo”.
El proyecto, que arrancó justo después de la pandemia, tuvo que hacer frente a instalaciones indeseadas, pilares interminables y retrasos en la entrega de suministros.
Peccata minuta para una experta en la materia. Y es que por cada nuevo inconveniente, Amelia daba con una nueva idea.
Así sucedió con el pilar que se encuentra entre la biblioteca y el salón, una interrupción en la intención fluida de la casa que intentaron por todos los medios empequeñecer sin éxito. “Finalmente, decidimos que serviría como separación de los dos ambientes”, explica.
En el comedor, ocho sillas de Gianfranco Frattini para Cassina y dos lámparas de Fortuny custodian una mesa diseñada por Amelia. Sobre ella, jarrón de Anna Skantz, piedra de gres de Marta Romo y esfera de Sophie Houdebert, todo en TADO. En la pared, obra de Equipo 57.
Espacio mutable
Más que un reparto de habitaciones, el nuevo hogar de la arquitecta es una sucesión de espacios que se van descubriendo de forma natural a medida que se viven. “Queríamos poder disfrutar del piso entero, no tener jerarquías”, apunta. Para ello, se concibieron diferentes zonas bajo la premisa de conseguir un concepto abierto. “Creo que es lo que mejor encaja con el momento vital en el que estamos y la edad que tenemos”.
El salón-biblioteca, con una mesa de Roger Capron (que se puede encontrar en Casa Josephine) coronada por un fósil adquirido en un mercado de pulgas inglés. Sobre el sofá, una tela de lino de Bárbara Osorio.
Una labor en pausa (por ahora)
La pareja de recién casados quería empezar de cero en un espacio hecho a medida en el que su familia pudiera crecer. Por eso, la labor de Amelia no ha terminado, sino que se ha dejado en pausa gracias a un plano flexible que puede evolucionar con ellos. Este proceso de transformación ya se ve en la zona de noche, proyectada inicialmente con un despacho, un cuarto de invitados y una sala para ver la televisión. Ahora, esta área acoge el dormitorio de su hijo Alfonso. “La sala de estar se ha trasladado a la biblioteca, lo que nos permite disfrutar mucho más de los salones. El otro cuarto se convertirá en una habitación infantil si vienen más niños; y esta zona de paso será, en algún momento, de juegos.
Queremos que nuestro hijo disfrute de toda la vivienda, pero hemos dejado marcados los posibles lugares de división por si algún día necesitamos estancias con más independencia”.
La obra Batalla, de Guillermo Pérez Villalta.
Un futuro lleno de creatividad
Ese lienzo en blanco que Amelia se encontró cuando tiró las paredes de su casa sigue latente y abierto a evolucionar. Incluso la decoración es un proyecto sin fecha de entrega. “Me encanta ir cambiándolo todo”, explica. “Para mí era muy importante tener espacios vacíos en los que poder jugar y vivir”.
La planta entera actúa a modo de cubo contenedor de las aficiones de sus dueños. Para Felipe, heredero de una pasión gastronómica familiar, ha previsto una cocina de acero, “un poco de chef”, y una pequeña bodega junto al comedor.
Para ella, coleccionista de mobiliario, un entorno sin saturar que le permite dar rienda suelta a su creatividad. El arte, como interés común, salpica las paredes de toda la residencia.
En esta galería doméstica, cada pieza cuenta una historia: la silla de Frank Gehry que Felipe le regaló por su cumpleaños, las butacas malva que su padre encontró casi de milagro, la mesa de comedor que Amelia diseñó utilizando los troncos de castaño que le cedió una amiga artista, el mueble bar que se encontraba en la primera casa de su suegro y que ellos han rescatado… Trazos que contribuyen a crear un cuadro familiar protagonizado por ellos dos y que todavía tiene mucho recorrido por delante.
La cocina combina la fuerza del acero con la calidez de la madera, cualidad que traen al conjunto la mesa y las sillas de Lucian Ercolani para Ercol. La lámpara de techo es el icónico modelo Disa (1957), de José Antonio Coderch. Encima de la mesa, mantel de suzani y jarra de Balakata.
En la zona de paso que separa los dos salones y sobre un pedestal, La Bestia, de Ana Laura Aláez. A la dcha., dos piezas de una serie de cuadros pintados a lápiz sobre papel, de Bayón.
A los pies de la cama, vestida con un lino rosa de Alhambra (disponible en Pepe Peñalver), descansa la pieza más antigua de toda la casa: un sofá modular de teca y caña de los años 50, diseñado por Hans Olsen. En la pared, un cuadro de Isabel Oliver adquirido en la galería Guillermo de Osma, en Madrid. Al fondo, en la puerta que da paso al vestidor, se ve uno de los pomos diseñados por la propia Amelia Millán
El baño se ha adornado con flores y ramas de Floreale. Junto a ellas, en la bañera exenta, gel de Le Labo. Semioculto por la cortina se intuye un cuadro de Bayón.
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