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Rem Koolhaas firma su proyecto más personal (e inusual) en los Alpes austriacos
Lejos de los megaproyectos que le han hecho famoso, Rem Koolhaas diseña una casa familiar y minimalista con vistas espectaculares al lago Zell.
El tejado de la casa zigzaguea por la estrecha y empinada ladera hacia el hermoso lago Zell.
Rem Koolhaas crea una vivienda prodigiosa y minimalista en las montañas de los Alpes
En las inmediaciones del lago Zell, en los Alpes austriacos, el clima cambia de un momento a otro. Al amanecer, la niebla se eleva por encima del agua y se adentra lentamente en el pueblo, ubicado en su orilla occidental. La mañana avanza y el sol del mediodía atraviesa las nubes para, justo después, desaparecer y dar paso a un repentino chaparrón que humedece el valle y deja los tejados relucientes. Esta es la escena que se contempla desde la Casa de Austria, la única residencia privada que ha realizado el holandés Rem Koolhaas en los últimos veinticinco años (su predecesora, la Maison à Bordeaux, fue terminada en 1998).
Todas las viviendas que ha construido a lo largo de su vida (cuatro en total) son consideradas obras maestras... y esta no es una excepción. Además, es el reflejo de una sorprendente evolución en la carrera de uno de los arquitectos más célebres e influyentes de las últimas décadas.
Mesa de centro Bon Bon, de Studio Superego, en el salón de doble altura del primer piso.
La idea se empezó a gestar hace seis años durante una cena, explica su propietario, quien le habló de una parcela microscópica que poseía en una ladera cercana a su ciudad natal, en los Alpes, e inmediatamente, Koolhaas vio un estimulante reto. Sí, hablamos del mismo Koolhaas que declaró en 1995, tal y como se recoge en su libro S, M, L, XL, que le gusta "pensar en grande; siempre lo hago. Para mí, es sencillo: si vas a pensar de todos modos, mejor que sea a lo grande”. Por tanto, que aceptara el encargo fue una sorpresa: los megaproyectos son la tónica habitual en su estudio OMA (Office for Metropolitan Architecture), y en este caso se trataba de una estructura relativamente pequeña, de unos 3.000 metros cuadrados.
Hasta tal punto es especial para él, que presentó personalmente los planos en el ayuntamiento. "El arquitecto municipal lo ha considerado el edificio más importante de Zell am See –el pequeño pueblo donde se encuentra, de unos 10.000 habitantes– desde la construcción de la iglesia, que data de 1215", nos cuenta el dueño de la propiedad.
La terraza del primer piso,a la que se accede desde el salón de doble altura.
En la sala de estar de la tercera planta, una puerta de cristal motorizada tipo garaje se levanta para dar acceso a la terraza. En primer plano, unas plataformas con altura modulable para adaptarlas a diferentes usos.
Como un iceberg A primera vista, parece un afloramiento de mármol blanco que emerge de la tierra, su hormigón tiene un acabado tan lustroso como el de la porcelana fina. De hecho, cuando caiga la primera nevada, se camuflará por completo en el paisaje. Situada entre dos edificios de estilo alpino en un estrecho sendero, ocupa un terreno escarpado de apenas doce metros de ancho, que originalmente era el patio lateral de la casa de al lado. Después de restar los retranqueos exigidos por la ley –algo más de cinco metros a cada lado–, lo que queda es una torre estrecha con gran parte de su volumen enterrado, como un iceberg.
"¿Cómo se puede conseguir en una construcción subterránea que penetre la luz natural y tener vistas al exterior, ambos elementos cruciales para vivir?”, reflexiona Koolhaas en voz alta, lanzando la pregunta retórica que sirvió de inspiración para el proyecto.
La escalera de resina blanca entre paredes revestidas de papel de aluminio. Cada nivel, un mundo diferente
Al girar la llave en la discreta entrada, la gran puerta metálica se abre silenciosamente hacia el interior, revelando tres tramos y medio de escaleras, rodeadas de una pared recubierta de lo que parece un papel aislante luminoso que evoca a The Factory, el estudio forrado de aluminio de Andy Warhol. A la izquierda, la madera de okume reviste un espacio destinado a guardar las botas y las chaquetas de esquí. Es donde los zapatos de la calle se cambian por suaves zapatillas de fieltro, imprescindibles para mantener inmaculados los suelos de resina.
Ascender por los peldaños es como hacer una excursión en miniatura: cada nivel de la vivienda ofrece unas vistas diferentes a las montañas.
Un piso más arriba, unas trampillas de goma separan la escalera de un salón de doble altura. Detrás, excavadas en la tierra, hay dos suites para invitados gemelas, con paredes de felpa que imitan la piel y cada una con su baño. En el siguiente rellano, un par de cajas de madera sobresalen del muro de hormigón; al subir a la tercera planta, descubriremos que son la parte trasera de los armarios de la cocina. Enfrente de esta, el techo se eleva sobre una gran cama y unos escalones conducen a un pasillo oscuro que se adentra en la ladera y que desemboca en una puerta maciza. Al cruzarla, el espacio se extiende hacia delante.
Como si se entrara en un telescopio, el tejado en diente de sierra sube y baja a lo largo de la casa, ’empujándonos’ de una estancia a la siguiente: del dormitorio al baño, del salón a la terraza.
Las sillas Volt, de Pedrali, rodean una mesa Tulip en la terraza de la tercera planta.
Un solar diminuto con infinitas posibilidades
El conjunto es sobrio, sobre todo si se compara con los primeros trabajos de Koolhaas. "Cada vez me produce más escepticismo esa necesidad de diferenciarse del resto", confiesa el holandés. "Valoro la reducción del repertorio, pero también la intensificación de la experiencia". Este proyecto representa una escala y un ritmo de trabajo distintos para alguien famoso por sus descomunales edificios en ciudades.
"Lo que me atrajo fue lo estrecho y diminuto que era el solar: aquí era imposible construir algo grande", explica.
Lo pequeño y lo sencillo se imponen; como ejemplo, destaquemos tres detalles enigmáticos: un banco de hormigón moldeado en la fachada sur, un imbornal y un hueco circular en el alero de la terraza.
Estos gestos muestran una nueva (y poco común) visión de Koolhaas sobre la vida agrestre: un lugar para descansar, un camino para que fluya la lluvia y una abertura para que entre el sol.
La larga investigación que hizo sobre lo rural culminó en 2020 con la exposición El campo, el futuro, en el Museo Guggenheim de Nueva York, pero la influencia de la naturaleza en su arquitectura, a juzgar por esta casa, no ha hecho más que empezar.
En el baño principal, las trampillas se suben, descubriendo la bañera. El suelo, hecho de paneles verdes de resina reforzada con fibra de vidrio, permite que la luz llegue hasta el piso inferior. También hay una enorme ventana que enmarca el paisaje.
El dormitorio de la segunda planta, con una cama cuadrada de Edra. La luz natural se filtra desde arriba a través del techo, hecho con paneles verdes de resina reforzada con fibra de vidrio.
La ducha, con paneles de madera de okume tratada con un revestimiento transparente. Las lámparas LED cilíndricas son impermeables.
Una cortina lacada con una apertura en forma de óculo, obra de la diseñadora Petra Blaisse, da acceso al dormitorio principal.
Otro detalle con la cortina cerrada y las maravillosas vistas al fondo.
En la cocina, los armarios de acero inoxidable a medida cuelgan de paneles de madera de okume. Mesa y sillas de Eero Saarinen para Knoll, alfombra de Rugvista, tabla de cortar de Muller Van Severen para Valerie Objects y jarrón y cuenco de Nymphenburg.
La sauna, revestida de azulejos cerámicos en gris claro.
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